Ciervo azul de Mextonia

 

¿Hemos considerado que dar un fragmento de nosotros mismos puede iluminar verdaderamente el mundo y la realidad de los demás? Tenemos, por lo tanto, creamos Mextonia.

No solo como un festival, sino como una obra de arte colectiva, compuesta por 52 murales dentro de las paredes de Tallin, Narva, Viljandi y Tartu. Un recordatorio de que nos hace sentir orgullosos de ser mexicanos, o estonios, y aún mejor, de lo que nos une más allá de nuestras nacionalidades: nuestra libertad cultural. Nuestra responsabilidad de hacer de este lugar, o mundo, un lugar mejor que cómo lo encontramos.

En México, buscar en los lugares más duros pero con sabiduría, un corazón y un alma abiertos, puede llevarte directamente al Ciervo Azul. En Estonia, este mismo camino conduce a la flor del helecho. Al igual que la runa Elk de las culturas nórdicas, “Blue Deer” representa la prosperidad, la protección y la fertilidad, abarcando a todos los seres sensibles, hermanos de la Madre Tierra y el Padre Sol. Ambos generosos animales con cuernos se sacrifican, dando su propia carne para alimentarnos a todos.

Inmerso en el mundo contemporáneo de hoy, en nuestra carrera interminable por la riqueza, el consumo y la competitividad, Mextonia fue un regalo para recordarle al mundo sobre el Espíritu un alma colectiva en forma de Venado Azul, que finalmente encontró una Flor de Helecho.

Mextonia’s Blue deer

Have we considered that giving a fragment of ourselves can truly enlighten the world and reality of others? We have. Therefore, we created Mextonia.

Not only as a festival, but as a collective piece of art, composed by 52 murals within the walls of Tallin, Narva, Viljandi and Tartu. A reminder of what makes us feel proud of being Mexicans, or Estonians, and even better, what unites us beyond our nationalities: our cultural freedom. Our responsibility of making this place, o world a better place than how we found it.

In México, searching through the harshest places but with wisdom, an open heart and soul, can lead you directly to the Blue Deer. In Estonia, this same path leads to the fern blossom. Just as the Elk rune of the Nordic cultures, the Blue Deer represents prosperity, protection and fertility, embracing all sentient beings, siblings of Mother Earth and Father Sun. Both generous horned animals sacrifice themselves, giving their own flesh to feed us all.

Immersed in today’s contemporary world, in our never ending race for wealth, consumption and competitiveness, Mextonia was a gift to remind the world about the Spirit a collective soul in the shape of a Blue Deer, in finally finding a Fern Blossom.

Transgrafiti

MANIFIESTO MURALISTA TRANSGRAFITERO

Inspirado parcialmente en dos manifiestos redactados por Siqueiros, y firmados en su primera versión por Rivera y Orozco entre otros, el primero publicado en México en la revista “El Machete” de junio de 1924 y el segundo en Buenos Aires, en el diario “Crítica” de junio de 1933.

 

Artistas, escritores de graffiti, productores, gobiernos y ciudadanos: Estamos trabajando en todo el mundo para impulsar un movimiento de la plástica monumental para las calles y las urbes, creando piezas simbólicas de gran formato en los espacios comunitarios donde conc

urre el tráfico del público, haciendo de ellas un elemento de catalización cultural, hacia la felicidad.

 

 

Definimos Cultura como el entramado de significados y símbolos que conecta a los individuos entre sí y en sociedad. En consecuencia damos al muralismo transgrafitero el propósito de catalizar la cultura, mediante el arte urbano, hacia el bienestar colectivo, la prosperidad, la paz y la felicidad; misma que definimos como “el deseo de sonreír”. Abogamos por la integración de las distintas culturas, micro-culturas, etnias e individualidades, en un enjambre humano de composición fractal y sabiduría intercultural, reconociendo su capacidad natural para auto organizarse, entre el orden y el caos.

Buscamos que cada acto creativo, en cada proyecto, cumpla siempre con cuatro resultados simultáneos: ambientales, sociales, culturales y económicos. Participamos al aprendiz en cada paso del proceso creativo, ligando experiencia con enseñanza teórica. Integramos al artista individual a procedimientos colectivos, a la inteligencia de enjambre y a la organización fractal. Aprovechamos cualquier avance tecnológico, empleando materiales y herramientas contemporáneos, para llevar el poder de símbolo cultural al arte urbano: de la mente colectiva al muro y de ahí al mundo digital, para alcanzar públicos globales. Usamos la realidad virtual y la inteligencia artificial a fin de explorar los nuevos linderos de la experiencia humana, pero siempre ligando la obra ultramoderna con las tradiciones étnicas ancestrales y los ideales sociales. Actuamos para fortalecer la salud de nuestros ecosistemas promoviendo la consciencia de unidad y respeto por la Naturaleza. Nos sostenemos autónomos mediante el emprendedurismo social y el respeto por la ley.

 Comprendemos que la creatividad tiene un propósito, que en salud se alinea con el propósito de la vida, hacia el bienestar individual y colectivo. En el mundo de hoy existen millones de jóvenes que se expresan mediante la pintura, creando y escribiendo en muros, desarrollando talentos y visiones, influyendo en la sociedad mediante el símbolo, la audacia y el respeto a convicciones propias. Comienzan escribiendo su nombre para identificarse con su espacio y les llamamos grafiteros. Crecen, acumulan conocimiento, emprenden un camino transpersonal que los inspira al cambio, a pintar metáforas, a transfronterizarse, y les llamamos ahora transgrafiteros. Descubren que su creación, personal o transpersonal, influye en la calle y en la cultura barrial. Se vuelven un trasunto urbano del chamán; produciendo sortilegios callejeros. Son potencialmente los líderes culturales del barrio. Este enjambre de jóvenes, jamás imaginado por Siqueiros, es hoy la encarnación del propósito de la creatividad plástica: crear un mundo mejor.  Esto es Transgrafiti.

URBáNICA I: Los Niños del Bosque. Por Ricardo P. Quezada

Los Niños del Bosque.

Por Ricardo Quezada Basado en el trabajo de Tania Quezada para la Serie La Novena de Nueve.

-Me crié con mi abuela, en una casa modesta cerca del cerro de la cruz en Amealco. No es necesario resaltar, pero vivíamos de forma muy modesta y una de las actividades diarias era ir al bosque conseguir ramitas para poder encender un fuego. Para mí era un poco molesto tener que recorrer las veredas en búsqueda de ramas caídas porque mi abuela no me dejaba cortar troncos, decía que todo era parte de un todo y que no podíamos devastar un árbol sin pensar que del otro lado del cerro, Don Octavio el leñador iba a talar otro. Recuerdo que ella me sentaba en sus piernas y me explicaba –Él corta la madera, es su trabajo y nosotros sembramos hongos, ese es el nuestro, si todos taláramos un árbol de cada lado del cerro sin pensar en lo que hacen los demás, poquito a poquito nos comeríamos el cerro a mordidas y nos morimos todos de frío. De la misma forma si el leñador siembra hongos, nos empacharíamos de setas todo el año y no podríamos comerlas más porque nos hartaría el sabor, por eso es importante respetar el trabajo de todos, así estamos todos contentos, trabajando juntos, como los pájaros que se cortan el aire para poder volar más fácil-. A esa edad yo le hacía caso de todo, pero para quitarme cualquier tipo d incredulidad remataba la historia con  -Así las criaturas del bosque nos dejan tranquilos y no nos harán travesuras.

Durante toda mi infancia viví un poco temeroso de esas cosas, así que nunca me atreví a contradecirla, pero cuando crecí fue diferente, nos estaba yendo un poco mejor gracias al dinero que nos mandaban mis papás del otro lado. De pronto tuvimos gas en la casa y ya no necesitábamos comprar madera aunque mi abuela seguía comprándole troncos al leñador; yo no entendía por qué, ella decía que el nixtamal no se cocía igual en la estufa.

Todas las mañanas caminaba como cinco kilómetros hasta la iglesia de San Juan Dehedó donde iba a misa o a hacer oración y regresaba con maíz y maderas, como ya era una mujer vieja yo siempre la regañaba y le decía que no cargara cosas tan pesadas, pero ella era necia, necia.

Para ese entonces ya me tenía mis primeras barbas y mi bigotillo, lo que significaba que yo ya era un hombre. Tomé el hacha y me salí una mañana a cortar  el árbol más grande que me encontrara, claro que a los dos hachazos el titán de madera m

 

ostró ser demasiado para mí. Así que fui pegándole hachazos a todos los árboles, buscando uno que si se cimbrara ante mi fuerza, hasta que encontré un pino pequeño y joven, como de mi edad, apenas más alto que yo. Le pegué y el tronco se quebró bien rápido, como cuando le tuerces el cuello a una gallina. Me amarré una cuerda a la cintura y caminé hacia mi casa, pero nunca di con ella. Era un camino que sabía de memoria, lo recorrí cientos, digo millones de veces y aun así estaba cabronamente perdido.

Cuando se hizo noche escuché risillas y empecé a temer por mi vida, busqué refugio en el bosque pero todo me parecía aterrador, no podía internarme en ninguna cueva ni esconderme en el nicho que se forma en el tronco de los árboles porque de ahí venían los ruidos. Caminé durante horas y horas, y ya bien entrada la noche sonó una cancioncita y vi la luz de un fuego a lo lejos; me acerqué siendo lo más silencioso posible y vi a varios chiquillos con cara de animal bailar alrededor del fuego, como chaneques o nahualitos. Me dio mucho miedo, pero antes de que me pudiera echar a correr, ya me estaban viendo, se empezaron a acercar y en un arrebato de terror les dije que había traído un árbol para calentarnos a todos, arrastré el árbol hasta la fogata y las criaturas me cantaron –Aquí… aquí no se desperdicia nada, aquí todos cantan, aquí todos bailan- y empezaron a cantar -Un salto pal’ del Norte por los desafíos que vienen, otro al Este por lo que recién empieza y todo lo que nace, dos vueltas de nalguitas y con la carita reposando al poniente para lo que se duerme y un montón de brincos porque el sur está calientito y vivaracho- después se reían y empezaban a improvisar de nuevo –Muchacho, muchacho, cara de marrano, se perdió en la arboleda por andar de ufano, ahora tiene que bailar y bailar, sino en el frío se va a congelar- de nuevo risas y más bailes. El árbol empezó a arder con mucha fuerza y ellos no me dejaron detenerme, ni dejar de bailar hasta que seis horas después el árbol por fin se había quemado. Cuando se apagó el fuego, desaparecieron las criaturas entre burlas y risas –Mira cómo le quedaron las patas- dijo la niña mapache a la vez que su voz se perdía en el bosque como un sueño que me dejó las plantas de los pies llenos de ampollas y las piernas todas acalambradas. Caminé de regreso, no le dije nada a mi abuela, solo se rió cuando olió mi ropa ahumada.

Ya nunca las he vuelto a ver, soy muy respetuoso del bosque, pero una vez escuché a un cazador contar una historia –Había estado cazando coyotes todo el día, nomás por puro deporte, en eso; encontró un animal más grande de lo normal q

 

ue lo miró fijamente y le exhaló vaho en el rostro, él sintió el aire bien caliente pegarle en el rostro y lo dejó dormido. Cuando se despertó tenía la boca llena de caquitas como de conejo o de mapache y se escuchaban risas alrededor de él. Yo no sé qué tan cierto sea eso, pero he escuchado que cuando la gente pone casas cerca del cerro y no respeta a la naturaleza, hay deslaves y se escuchan las risillas de esas criaturas al crujir de la madera y el cemento.